martes, 2 de agosto de 2016

A VECES SE NECESITA UNA MONTAÑA



Hay canciones que parecen haber sido escritas o dictadas por Dios mismo. Letra y melodía parecieran haber sido tejidas con un cuidado especial, para entonarse en un momento determinado en la existencia de alguien. Esa es mi experiencia con esta canción que desde hace dos semanas viene tocando, con mensaje escatológico, a la puerta de mis abismos más profundos ¿Qué canción ha tenido tal poder? Se titula: “Sometimes it takes a mountain” de Gaither Vocal Band.

El estribillo de la canción dice: “A veces se necesita una montaña, a veces un mar en tempestad, a veces se necesita un desierto, para sujetarme fuerte de ti. Pero tu amor es mucho más fuerte que cualquiera de mis problemas… A veces se necesita una montaña para confiar en ti y creer”. Sobre la canción no hay mucho que decir, sólo escucharla y dejar que sus letras te ayuden a remar en medio de la tempestad.

En una de las muchas veces que la oía, recordé con memoria fotográfica el texto bíblico de Éxodo 19,2: “…y llegaron al desierto del Sinaí, y acamparon en el desierto; y acampó allí Israel delante del monte”. Esta escena bíblica es prácticamente paralela al cántico, no sé si el autor la tenía en mente cuando escribió su canción, no sé si pensaba en Israel y su travesía por el desierto; pero el paralelo es indiscutible. El mar, el desierto y la montaña son elementos comunes en ambas composiciones.

Para quienes creen que salir de Egipto siempre fue una buena noticia para los hebreos, basta con revisar algunos textos como Ex 14, 11-12; 15,22-24; 17,3-4 y una lista todavía más larga, para darse cuenta del sufrimiento, desánimo y descontento que supuso para los hebreos salir de Egipto con rumbo a Canaán. La tierra prometida estaba a la vuelta de la esquina, pero antes de poseerla era ineludible que el pueblo aprenda a confiar en Jehová. El camino de la esclavitud a la libertad no sería sencillo, sería preciso cruzar un mar, entrar en el desierto y encontrarse con la montaña en el Sinaí.

La península del Sinaí no sólo es inhóspita por su clima extremo, además, es de un tránsito complicado, pues la región es montañosa y pedregosa. Todo apuntaba a que las cosas saldrían mal desde un pincipio. No sé si fue por la desesperación de la salida o por burlar las patrullas egipcias, pero los hebreos no tomaron la ruta predominante del norte que los llevaría directo a Canaán bordeando la costa al oeste del Neguev. Todo lo contrario, descendieron levemente hacia el sur y, como primera consecuencia de su mal direccionado plan de escape, se encuentran atrapados frente al mar de la cañas. Con la ayuda de Dios logran atravesar el mar, pero no corrigen su rumbo, siguen entrampados y no ven con claridad su objetivo, continúan avanzando hacia el sur y pronto tendrán en frente el árido paraje del desierto y sus rocosas montañas.

La descripción que ofrece el v.2 es desalentadora: “Llegaron al desierto, se encontraron con el monte y armaron sus carpas”. No puede haber escena más vergonzosamente contraria al sueño cananeo. Dejaron las casas egipcias despidiéndose de todos, diciéndoles que irían a un lugar donde fluye leche y miel; para que unos días después se encuentren armando sus tiendas en el desierto, en medio de la nada, sin agua y sin esperanzas; anhelando las verduras, los frutos y todas las bondades del Nilo en Egipto.

Pero entonces ocurre algo extraordinario, una decisión que cambiará por completo lo que significaba estar en el desierto. Ahí, en medio de las rocas que quemaban las sandalias de los viajeros, y el polvo que el arábigo viento traía, Moisés, el líder y responsable del extravío sale de su tienda, observa la montaña que está frente a él y su gente, aquella que le impide seguir su camino, y se echa a andar sobre ella. Algunos salieron de sus tiendas avisados por las criaturas que vieron al cuestionable anciano avanzar hacia la cumbre. Los que renegaron por el agua amarga de Mara, ahora con mayor razón quieren regresar a Egipto al ver la locura de su líder, que a resbalones sigue pendiente arriba. La esposa de Moisés salió a detenerlo, pues no tenía sentido subirse a la montaña, asió de su túnica y le increpó furiosa y avergonzada: ¡Moisés! ¿A dónde vas? ¿Por qué subes a la montaña? Moisés, con mirada de alguien que sabe lo que es estar en el desierto, le dijo: No subo a la montaña, estoy subiendo a Dios (Ex 19,3 “Y Moisés subió a Dios”). Dios, al ver la tenacidad en el corazón de Moisés, decide salir a su encuentro, desciende presuroso al monte, y desde la cumbre, la parte más alta de la dificultad, Moisés escucha su nombre ¡Sí! Dios lo llamó desde el monte.

Desde ese momento el monte ya no representaba un problema en el camino, Moisés había convertido la montaña de la dificultad en su lugar de encuentro con Dios. Donde todos vieron un desalentador obstáculo, Moisés vio una oportunidad para salir al encuentro de su Dios. Muchos creen, como se ve en las películas, que Moisés sube al monte porque ya sabía que Dios estaba allí esperándolo; pero el relato es claro, lo que Moisés hace es dar un paso de fe en medio del desierto, y su fe convierte a la montaña en un santuario donde Dios y su hijo se encuentran.

Por eso, lo que esta canción dice es cierto. A veces necesitamos una montaña, un desierto o un mar de problemas para encontrarnos personal e íntimamente con nuestro Dios. Sólo hay dos opciones, rendirnos frente a lo que está adelante y acomodar nuestras carpas para acampar en medio del desierto, o como Moisés, convertir nuestro desierto en un lugar de encuentro profundo, transformador y esperanzador con el Dios de la vida.

Yo haré lo segundo. El desierto al que mis desaciertos me han traído, la montaña que mis debilidades han construido para hacer que desista en el camino, no serán el lugar de mi sepultura, convertiré mi desierto en el mejor lugar para encontrarme con mi Señor. No sólo trato de escalar mi montaña, estoy subiendo a Dios.

J. L. Verdi
Profesor de Biblia y Teología en SEMISUD
(Seminario Sudamericano - Ecuador)

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Les recomiendo escuchar la canción en este link:











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2 comentarios:

Bello texto. El Dios del desierto que socorre a sus creaturas hechas del polvo. Todo depende de la mirada del que mira. Muchos veían promesas fallidas de un líder humano. Otros sabían que el Dios de Abraham, Isaac y Jacob, siempre tenía la provisión para su pueblo escogido. Una bella alusión al Dios nómada, del camino. Saludos y adelante con sus reflexiones.

lindo e sensível texto, nos leva a querer uma montanha porque é lá que encontramos com Deus. Parabéns que possas contribuir sempre para a nossa edificação.

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